Querida amiga, gracias por contarme de tus nietos.
Mi abuela decía que cada nieto es una bendición extra, y tenía razón: ellos nos devuelven la risa, nos llenan la casa de ruido lindo y nos recuerdan que la vida sigue floreciendo.
Ser abuela es tener el corazón repartido en muchos lugares.
Algunos nietos están cerca y vienen los domingos; otros están lejos y los vemos por una pantalla.
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Algunos son chiquitos y otros ya están grandes, tomando sus propias decisiones.
Por todos podemos orar, porque el amor de una abuela no conoce distancias.
La Biblia también honra a las abuelas.
San Pablo recordaba a Loida, la abuela de Timoteo, y decía que la fe sincera había vivido primero en ella y después en su nieto (2 Timoteo 1,5).
Qué hermoso pensar que tu fe, tus oraciones y tus consejos pueden ser una semilla que florezca en ellos, aunque hoy no lo veas.
El Salmo 103 dice que el amor del Señor es eterno y su justicia llega «a los hijos de sus hijos».
Esa promesa es para tu familia.
Cada vez que rezás por tus nietos, estás tejiendo un hilo invisible que los une a vos y a Dios, un hilo que ni la distancia ni el tiempo pueden cortar.
Y en esa tarea no estás sola: muchas abuelas en toda América Latina rezan hoy por lo mismo.
Te comparto esta oración para que la reces cuando quieras, tal vez a la mañana, antes de empezar el día:
La oración
Señor, gracias por mis nietos, regalo que nunca terminé de merecer.
Gracias por cada abrazo, cada dibujo, cada «abuela» que me hace sonreír.
Te pido que los cuides en el camino a la escuela, en el trabajo, en la calle y en sus casas.
Dales sabiduría para elegir bien a sus amigos y valentía para decir que no a lo que les hace daño.
Que crezcan con un corazón bueno, agradecido y generoso.
Que no pierdan la fe, aunque el mundo les ofrezca muchas distracciones.
Cuando estén tristes, mandales consuelo; cuando estén alegres, que se acuerden de agradecerte.
Protegé sus ojos y sus oídos de lo que no les hace bien, y que en las pantallas y en las redes encuentren también cosas buenas.
A los más chiquitos, regalales inocencia y alegría; a los adolescentes, paciencia con ellos mismos; a los grandes, propósito y esperanza.
Si alguno se alejó de vos, no lo sueltes de tu mano y ponele en el camino a alguien que le hable de tu amor.
Unilos como hermanos y primos, y que nuestra familia siga siendo un lugar de encuentro y de paz.
Y a mí, Señor, dame salud de espíritu y paciencia para ser para ellos un ejemplo de amor y de fe.
Que cuando piensen en su abuela, recuerden una casa con olor a pan y un corazón que siempre rezó por ellos.
Amén.
Bendición final
Amiga, al terminar, decí despacito el nombre de cada uno de tus nietos.
No hace falta nada más: Dios ya sabe todo lo que tu corazón quiere para ellos.
Te dejo una idea: cuando los veas o hables con ellos, hacé la señal de la cruz en su frente o simplemente decí «Dios te bendiga».
Son gestos chiquitos que ellos van a recordar toda la vida.
Y si están lejos, podés mandarles un audio corto con una bendición; a veces una palabra de la abuela llega justo en el momento indicado.
Que el Señor bendiga a tus nietos, a sus papás y a toda tu familia. Que tu casa esté llena de risas y de paz.
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